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La radio suena en el taxi, durante un caluroso mediodía rolo. Vengo de una reunión productiva, optimista y alegre. El sol me hace recordar el diciembre santiaguino, aunque afuera huele a arepa quesuda con mantequilla y a frituras varias.

Las estructuras con formas navideñas atiborran las plazas, centros comerciales y edificios y la gente camina apurada, cruzando entre los carros.  Pienso que éste es mi noveno mes en Bogotá y en todas las cosas que me llevaron a estar aquí, ahora. Pienso en mi vida, fácil a pesar de todo, a pesar de la lejanía y la nostalgia, de los malos ratos y los temores.

La voz en la radio me devuelve a la realidad: terminada la tanda de avisos comerciales, el locutor saluda afectuoso a don Quique, un viejo conocido que ya lleva años llamándolo. Saluda también a su esposa y desliza, sin decir aguavá, que ella enviará un mensaje al hijo de ambos, otro Quique, secuestrado por las FARC hace ya demasiado, allá donde la guerra no se puede esconder tras pesebres y borlas doradas.

Una cariñosa voz de mujer madura saluda: “Hola m’ijo, cómo me le va?”, dice, mientras a mí se me forma un nudo en la garganta. “M’ijo, que acá estamos todos bien, que lo extrañamos”, continúa, mientras pienso en que suena poco convincente, como recitando un guión aprendido, con un tono demasiado alegre para una mujer que cada minuto está pensando si su hijo sigue vivo en ese infierno verde que es la selva colombiana. “Déle un mensaje de esperanza a los que la han perdido”, recita, y la voz le tirita un poquito.

“Que ya vamos a vernos”, dice en los pocos segundos que le quedan,  dándole ánimo, dándose ánimo. “Y ya nos vamos a abrazar”, dice antes que el control corte la cuña y ponga en su lugar un nuevo aviso publicitario.

La cortina musical del noticiario de las 12 rompe el embrujo: los titulares anuncian que allá lejos lejos, en el Oriente, una guerra mata gentes por millares. Allá lejos lejos.

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"Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos". Eduardo Galeano

“Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Eduardo Galeano

 

Bajo el azul cielo de Bogotá y el radiante sol, en plena calle, a pasos de mi trabajo y encogido como un niño asustado, un hombre duerme profundamente. Lo veo apenas, cuando casi estoy encima de él. No está tapado ni siquiera con periódicos y su cabeza reposa en el escalón de la entrada de una maltrecha casa abandonada.

Miro sus pies, embutidos a la fuerza en unos zapatos roñosos varios números más pequeños, desde donde asoman unos talones sucios y resecos por el frío. Pienso en esos pies que caminan la ciudad en punta, en medio de los montones de basura y los pequeños ratones negruzcos que se esconden entre el pasto, y me avergüenzo de mis insignificantes tribulaciones cotidianas.

Esta mañana no podía ser más feliz en la extrañamente soleada Bogotá. El optimismo se oía por la radio, que desde temprano analizaba el evento económico del día, del mes, quizás del año: hoy entraba en vigencia el TLC con Estados Unidos. Por fin!

A las 8 AM, algunos ya soñaban con comprarse una moto, que en unos meses debería traspasar a los consumidores parte del 15% de rebaja del arancel aduanero. Otros imaginaban los nuevos productos que inundarían los supermercados. Los más políticos sonreían ante el impacto que el Tratado tendría en la imagen del país. Un clásico, win-win.

Pero avanzó la hora, y con ella, la Violencia. Cercade las 11, explotó la bomba. En el centro financiero, cerca de los barrios lindos, varias universidades y la vida cotidiana. El pánico se propagó por las calles y las redes sociales. Las líneas telefónicas fueron saturadas por rolos tratando de tener noticias de los suyos.

El petardo, el intento de asesinato y los muertos les recordaron el Dolor, haciéndolos retraerse y murmurar ‘no, otra vez’. El almuerzo transcurrió pensativo y la tarde se hizo eterna.

De regreso a casa, mientras oscurecía, ya nadie recordaba el TLC ni las cuotas de la moto. A la hora de la cena, el Miedo volvió a sentarse a la mesa de los colombianos.

 

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En Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá, las familias de desplazados comen lo que pueden y cuando pueden.

En la vieja y destartalada nevera de una de ellas, que ni siquiera está conectada a la electricidad, un negruzco y maloliente corazón de res es atesorado. Cada día, hace más de una semana, el vital músculo es sumergido en la única olla de la casa apenas el agua comienza a hervir. 

El sustancioso caldo ayuda a engañar al hambre y al frío, llenando los platos de una familia de cuatro. Más eficaz, sin embargo, es el bazuco que se consigue en la olla más cercana, que permite ignorar la urgencia del hambre, pero que aumenta la angustia y la tristeza.

— 

Camilo recorre los pasillos de su colegio relatando orgulloso los logros de ese oasis en Ciudad Bolívar. Sube y baja escaleras, pasa por la biblioteca, ingresa a los salones interrumpiendo clases y mostrando a los ejecutivos de una importante empresa transnacional los impecables cuadernos de los niños y niñas de primaria, llenos de dibujos y colores.

Los ejecutivos, hombres y mujeres que a diario lidian con problemas de mercado y grandes sumas de dinero, esconden lágrimas y emociones al conocer las escuálidas finanzas del colegio, que a diario da de comer a más de 500 alumnos.

Camilo no tiene más de 13 años, una sonrisa sincera y ganas de estudiar comunicación social. En dos años deberá cambiarse a otro colegio, más lejano, para terminar la secundaria. Pero a él le gusta éste, a pesar del recreo en plena calle porque no hay patio de juegos, de las rejas en cada ventana para evitar los robos, y de la vista al barrio pobre, lleno de casas apretadas, hambre, droga y horribles torres de alta tensión.

 

No agradece uno lo suficiente la posibilidad -simple y cotidiana- de poder decir lo que se le viene a la cabeza. O de leer lo que se le antoje. O de protestar por lo que considera injusto, corrupto o inmoral. O de publicar un blog, un pasquín o poner al aire una señal de TV que contradiga el discurso oficial. Todo ello sin correr el riesgo de ser acosado, amenazado, encarcelado o asesinado por los señores censores.

Loco mundo éste, donde muchos conscientes están presos por pensar o repartir folletos “incendiarios”, por buscar en la web información sobre temas prohibidos (como la independencia del Tíbet o las muertes en Tiananmen), por pensar diferente al gobierno (que hace años dejó de ser de turno).

Beijing acaba de condenar a Google por dejar de censurar búsquedas “peligrosas” para el Estado; La Habana carga sobre sus hombros la muerte de un hombre que sólo cometió el delito de pensar distinto y que en su convicción se negó a probar bocado como una forma de llamar la atención sobre lo ridícula de su condena -que superaba las tres décadas-; en Caracas quedan pocos medios que se atrevan a resistirse a las interminables cadenas de radio y televisión del caudillo de la boina.

No difundir estos casos ni repetirlos hasta el cansancio es sumarse al silencio, al temor, a la autocensura. Los periodistas que nos formamos en democracia olvidamos, quizás con demasiada con facilidad, que para muchos pensar es un arma contra la injusticia y el olvido.

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