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No consigo acostumbrarme a la violencia cotidiana de este país que me acoge por un año. Me chocan los guardias armados en los centros comerciales, los militares que cada cierto tiempo se dejan ver en las calles con metralletas en mano, la publicidad llamando a la paz y al desarme, los adolescentes que cumplen con su deber patrio disfrazados de policías, los uniformes verde oliva por doquier.

Parece que sólo a mí me molesta -aunque reconozco en mi mirada la dolorosa herencia de un país con una larga dictadura-, sin embargo, en este país la violencia se escribe con mayúscula y tiene fecha de inicio. 

Liberales y conservadores se odiaron y persiguieron mutuamente desde fines de los 40. El cóctel de religión, política y dinero dio como resultado venganza, tortura  y tantos muertos como en la guerra de Corea.

Luego llegó la Guerrilla y tras ella el narcotráfico, los carteles, los secuestros, la venganza renovada -más ingeniosa y sádica-, los Paracos, las negociaciones, las promesas y más muertos.

Conflicto armado llaman en Colombia a la guerra en la que las batallas han pasado a ser pequeñas notas en los diarios. Los muertos están lejos y los revolucionarios sin revolución gobiernan allá en la selva profunda, la cárcel verde.

 

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Una pequeña e insignificante nota en El Tiempo del sábado 28 de abril consigna que, en el Chocó, la región nada pacífica del Pacífico colombiano, la cuenta de niños muertos de hambre va en aumento.

En Bagadó, una comunidad indígena ayudó a la familia a enterrar el pequeño cuerpo de una niña de 5 años en el patio de su casa, en una sencilla urna de madera, poco más que un cajón de manzanas.

Catorce son, en 2012, o eso creen. Ya nadie cuenta a los pequeños muertos, olvidados por los planes gubernamentales nacionales. 10 mil otros aún esperan atención y visibilidad, en las lejanas tierras donde la desconfianza, la falta de educación y el conflicto armado impiden que los indios cultiven la tierra de sus antepasados y repliquen su situación de injusticia, pobreza y hambre, generación tras generación.

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En Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá, las familias de desplazados comen lo que pueden y cuando pueden.

En la vieja y destartalada nevera de una de ellas, que ni siquiera está conectada a la electricidad, un negruzco y maloliente corazón de res es atesorado. Cada día, hace más de una semana, el vital músculo es sumergido en la única olla de la casa apenas el agua comienza a hervir. 

El sustancioso caldo ayuda a engañar al hambre y al frío, llenando los platos de una familia de cuatro. Más eficaz, sin embargo, es el bazuco que se consigue en la olla más cercana, que permite ignorar la urgencia del hambre, pero que aumenta la angustia y la tristeza.

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Camilo recorre los pasillos de su colegio relatando orgulloso los logros de ese oasis en Ciudad Bolívar. Sube y baja escaleras, pasa por la biblioteca, ingresa a los salones interrumpiendo clases y mostrando a los ejecutivos de una importante empresa transnacional los impecables cuadernos de los niños y niñas de primaria, llenos de dibujos y colores.

Los ejecutivos, hombres y mujeres que a diario lidian con problemas de mercado y grandes sumas de dinero, esconden lágrimas y emociones al conocer las escuálidas finanzas del colegio, que a diario da de comer a más de 500 alumnos.

Camilo no tiene más de 13 años, una sonrisa sincera y ganas de estudiar comunicación social. En dos años deberá cambiarse a otro colegio, más lejano, para terminar la secundaria. Pero a él le gusta éste, a pesar del recreo en plena calle porque no hay patio de juegos, de las rejas en cada ventana para evitar los robos, y de la vista al barrio pobre, lleno de casas apretadas, hambre, droga y horribles torres de alta tensión.

 

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