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La radio suena en el taxi, durante un caluroso mediodía rolo. Vengo de una reunión productiva, optimista y alegre. El sol me hace recordar el diciembre santiaguino, aunque afuera huele a arepa quesuda con mantequilla y a frituras varias.

Las estructuras con formas navideñas atiborran las plazas, centros comerciales y edificios y la gente camina apurada, cruzando entre los carros.  Pienso que éste es mi noveno mes en Bogotá y en todas las cosas que me llevaron a estar aquí, ahora. Pienso en mi vida, fácil a pesar de todo, a pesar de la lejanía y la nostalgia, de los malos ratos y los temores.

La voz en la radio me devuelve a la realidad: terminada la tanda de avisos comerciales, el locutor saluda afectuoso a don Quique, un viejo conocido que ya lleva años llamándolo. Saluda también a su esposa y desliza, sin decir aguavá, que ella enviará un mensaje al hijo de ambos, otro Quique, secuestrado por las FARC hace ya demasiado, allá donde la guerra no se puede esconder tras pesebres y borlas doradas.

Una cariñosa voz de mujer madura saluda: “Hola m’ijo, cómo me le va?”, dice, mientras a mí se me forma un nudo en la garganta. “M’ijo, que acá estamos todos bien, que lo extrañamos”, continúa, mientras pienso en que suena poco convincente, como recitando un guión aprendido, con un tono demasiado alegre para una mujer que cada minuto está pensando si su hijo sigue vivo en ese infierno verde que es la selva colombiana. “Déle un mensaje de esperanza a los que la han perdido”, recita, y la voz le tirita un poquito.

“Que ya vamos a vernos”, dice en los pocos segundos que le quedan,  dándole ánimo, dándose ánimo. “Y ya nos vamos a abrazar”, dice antes que el control corte la cuña y ponga en su lugar un nuevo aviso publicitario.

La cortina musical del noticiario de las 12 rompe el embrujo: los titulares anuncian que allá lejos lejos, en el Oriente, una guerra mata gentes por millares. Allá lejos lejos.

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No consigo acostumbrarme a la violencia cotidiana de este país que me acoge por un año. Me chocan los guardias armados en los centros comerciales, los militares que cada cierto tiempo se dejan ver en las calles con metralletas en mano, la publicidad llamando a la paz y al desarme, los adolescentes que cumplen con su deber patrio disfrazados de policías, los uniformes verde oliva por doquier.

Parece que sólo a mí me molesta -aunque reconozco en mi mirada la dolorosa herencia de un país con una larga dictadura-, sin embargo, en este país la violencia se escribe con mayúscula y tiene fecha de inicio. 

Liberales y conservadores se odiaron y persiguieron mutuamente desde fines de los 40. El cóctel de religión, política y dinero dio como resultado venganza, tortura  y tantos muertos como en la guerra de Corea.

Luego llegó la Guerrilla y tras ella el narcotráfico, los carteles, los secuestros, la venganza renovada -más ingeniosa y sádica-, los Paracos, las negociaciones, las promesas y más muertos.

Conflicto armado llaman en Colombia a la guerra en la que las batallas han pasado a ser pequeñas notas en los diarios. Los muertos están lejos y los revolucionarios sin revolución gobiernan allá en la selva profunda, la cárcel verde.

 

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En Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá, las familias de desplazados comen lo que pueden y cuando pueden.

En la vieja y destartalada nevera de una de ellas, que ni siquiera está conectada a la electricidad, un negruzco y maloliente corazón de res es atesorado. Cada día, hace más de una semana, el vital músculo es sumergido en la única olla de la casa apenas el agua comienza a hervir. 

El sustancioso caldo ayuda a engañar al hambre y al frío, llenando los platos de una familia de cuatro. Más eficaz, sin embargo, es el bazuco que se consigue en la olla más cercana, que permite ignorar la urgencia del hambre, pero que aumenta la angustia y la tristeza.

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Camilo recorre los pasillos de su colegio relatando orgulloso los logros de ese oasis en Ciudad Bolívar. Sube y baja escaleras, pasa por la biblioteca, ingresa a los salones interrumpiendo clases y mostrando a los ejecutivos de una importante empresa transnacional los impecables cuadernos de los niños y niñas de primaria, llenos de dibujos y colores.

Los ejecutivos, hombres y mujeres que a diario lidian con problemas de mercado y grandes sumas de dinero, esconden lágrimas y emociones al conocer las escuálidas finanzas del colegio, que a diario da de comer a más de 500 alumnos.

Camilo no tiene más de 13 años, una sonrisa sincera y ganas de estudiar comunicación social. En dos años deberá cambiarse a otro colegio, más lejano, para terminar la secundaria. Pero a él le gusta éste, a pesar del recreo en plena calle porque no hay patio de juegos, de las rejas en cada ventana para evitar los robos, y de la vista al barrio pobre, lleno de casas apretadas, hambre, droga y horribles torres de alta tensión.

 

Estamos armando bolsas con pequeños paquetitos de salsa. De a cinco en cinco, las sacamos de unas destartaladas cajas de cartón, hasta completar 50, para luego apilar los montones de bolsas en otras cajas, esta vez de plástico.

La larga y rutinaria tarea es compartida con unos chicos de secundaria, que hacen su práctica en el Banco de Alimentos de Bogotá. Aburridos y cansados, no muy motivados, cuentan y cuentan los paquetitos y llenan bolsas y más bolsas, en lo que parece un castigo griego.

Alcanzamos a realizar el tedioso trabajo por poco más de una hora, tras la cual nos destinan a otra labor (a nosotras, no a los estudiantes). Pienso en la gente que hace cosas desagradables o rutinarias todo el día, todos los días, ad aeternum: los nadies que doblan los cables de los audífonos de los aviones, los invisibles que nos abren la puerta en los edificios públicos y privados, los silenciosos que ordenan los estantes de los supermercados, los fantasmas que deambulan por la noche en nuestros suburbios en busca de algo que comer entre nuestros desechos y que desaparecen al llegar el día.

Me subo en el bus del TransMi, en la última estación al norte, casi donde termina –o empieza- Bogotá. Alcanzo asiento, pero a poco andar me lo pide una señora embarazada, así que me paro y me dedico a hacer equilibrismo por las siguientes 139 cuadras.

Hace calor y éste aumenta a medida que nos acercamos al centro. La gente dormita en sus asientos, aferrada a sus bolsas, carteras y otras pertenencias. El trancón es impresionante, avanzamos a uno por hora y afuera, ya oscuro, sólo brillan patéticas las luces de los horribles carteles de los negocios de barrio, llenos de fotografías de pollos asados, teléfonos celulares y panaderías baratas.

Me bajo en la calle 32, dejando el bus igual de lleno. El aire se siente frío, al fin. Camino apurada entre la gente. Quiero llegar rápido al departamento. Debo hacer mucho antes de acostarme, dejar todo listo para mañana, levantarme con el sol, montarme de nuevo en el bus del TransMi.

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos.

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no profesan religiones, sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesanía.

Que no practican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.

Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

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