El proceso inicia con una simiente. Las misioneras toman entre sus manos una semilla de mango y hundiendo sus dedos en la tierra húmeda, la depositan ahí con delicadeza de madre.

Hombres y mujeres de oscura piel miran, con curiosidad, el rito, esperando la magia que demora años en ocurrir. Aprenden que el agua no es sólo vida para ellos y sus hijos, si no también para ese pedrusco blanquecino que en la oscuridad duerme.

Cuando la magia es convocada, la repetición del ritual alimentador de la tierra herida regala un milagro: pequeño y verde, un brote asoma tímido desde las entrañas del infierno de la sed.

El dios de las misioneras existe porque cumple lo que promete. Para los habitantes de parajes que hace mucho no presencian el nacimiento de una flor, la semilla es magia pura. Para ellas, las misioneras, cada día allí es un milagro.

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