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No consigo acostumbrarme a la violencia cotidiana de este país que me acoge por un año. Me chocan los guardias armados en los centros comerciales, los militares que cada cierto tiempo se dejan ver en las calles con metralletas en mano, la publicidad llamando a la paz y al desarme, los adolescentes que cumplen con su deber patrio disfrazados de policías, los uniformes verde oliva por doquier.

Parece que sólo a mí me molesta -aunque reconozco en mi mirada la dolorosa herencia de un país con una larga dictadura-, sin embargo, en este país la violencia se escribe con mayúscula y tiene fecha de inicio. 

Liberales y conservadores se odiaron y persiguieron mutuamente desde fines de los 40. El cóctel de religión, política y dinero dio como resultado venganza, tortura  y tantos muertos como en la guerra de Corea.

Luego llegó la Guerrilla y tras ella el narcotráfico, los carteles, los secuestros, la venganza renovada -más ingeniosa y sádica-, los Paracos, las negociaciones, las promesas y más muertos.

Conflicto armado llaman en Colombia a la guerra en la que las batallas han pasado a ser pequeñas notas en los diarios. Los muertos están lejos y los revolucionarios sin revolución gobiernan allá en la selva profunda, la cárcel verde.

 

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