Una pequeña e insignificante nota en El Tiempo del sábado 28 de abril consigna que, en el Chocó, la región nada pacífica del Pacífico colombiano, la cuenta de niños muertos de hambre va en aumento.

En Bagadó, una comunidad indígena ayudó a la familia a enterrar el pequeño cuerpo de una niña de 5 años en el patio de su casa, en una sencilla urna de madera, poco más que un cajón de manzanas.

Catorce son, en 2012, o eso creen. Ya nadie cuenta a los pequeños muertos, olvidados por los planes gubernamentales nacionales. 10 mil otros aún esperan atención y visibilidad, en las lejanas tierras donde la desconfianza, la falta de educación y el conflicto armado impiden que los indios cultiven la tierra de sus antepasados y repliquen su situación de injusticia, pobreza y hambre, generación tras generación.

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