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En Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá, las familias de desplazados comen lo que pueden y cuando pueden.

En la vieja y destartalada nevera de una de ellas, que ni siquiera está conectada a la electricidad, un negruzco y maloliente corazón de res es atesorado. Cada día, hace más de una semana, el vital músculo es sumergido en la única olla de la casa apenas el agua comienza a hervir. 

El sustancioso caldo ayuda a engañar al hambre y al frío, llenando los platos de una familia de cuatro. Más eficaz, sin embargo, es el bazuco que se consigue en la olla más cercana, que permite ignorar la urgencia del hambre, pero que aumenta la angustia y la tristeza.

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Camilo recorre los pasillos de su colegio relatando orgulloso los logros de ese oasis en Ciudad Bolívar. Sube y baja escaleras, pasa por la biblioteca, ingresa a los salones interrumpiendo clases y mostrando a los ejecutivos de una importante empresa transnacional los impecables cuadernos de los niños y niñas de primaria, llenos de dibujos y colores.

Los ejecutivos, hombres y mujeres que a diario lidian con problemas de mercado y grandes sumas de dinero, esconden lágrimas y emociones al conocer las escuálidas finanzas del colegio, que a diario da de comer a más de 500 alumnos.

Camilo no tiene más de 13 años, una sonrisa sincera y ganas de estudiar comunicación social. En dos años deberá cambiarse a otro colegio, más lejano, para terminar la secundaria. Pero a él le gusta éste, a pesar del recreo en plena calle porque no hay patio de juegos, de las rejas en cada ventana para evitar los robos, y de la vista al barrio pobre, lleno de casas apretadas, hambre, droga y horribles torres de alta tensión.

 

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