Revista del Domingo, El Mercurio. 31 de octubre de 2010

Por Marcela Salinas C., desde Hanoi, Vietnam.

Hanoi es un verdadero caos. Es muy temprano pero el calor ya se siente asfixiante y hay tacos por todos lados. Viajo en taxi desde el aeropuerto, donde me recibieron con la noticia de que mi maleta tuvo el pésimo gusto de quedarse en París. Así que estoy aquí, al otro lado del mundo, con 35º C, sin nada que ponerme y ni siquiera tengo los datos de mi hotel pagado con antelación. Y todavía no son ni las 8 de la mañana.

El taxista, que muy sonriente me había asegurado saber dónde quedaba mi hotel, ahora da vueltas y vueltas y más vueltas por el casco antiguo y murmura cosas (daría lo mismo que gritara: no se le entiende absolutamente nada). Quizá eche pestes por su suerte al haberme recogido.

Hay motos por todas partes. Bicicletas, personas y más motos en todas las direcciones, que no respetan el sentido de las calles ni las luces rojas. Menos a los que caminan.

Los motoristas llevan cascos multicolores y llamativos pañuelos y mascarillas sobre narices y bocas, debido a la alta contaminación y al fuerte sol. Muchos cambian el casco por el tradicional sombrero cónico de bambú, lo que parece una paradoja posmoderna en dos ruedas.

Luego de casi una hora me doy por vencida y le pido al taxista –con gestos grandilocuentes, señas y palabras escritas en una hoja suelta– que me lleve a cualquier hotel céntrico. Luego de registrarme en un hotel antiguo, limpio, tomo una larga ducha y vuelvo a ponerme la misma ropa, húmeda y caliente. Me siento en la cama y me infundo ánimo: debo salir al exterior, a recorrer, a comprar algo de ropa y algunos implementos de aseo.

Debo salir a comer.

Para eso se supone que estoy aquí: la curiosidad –y el antojo, seamos honestos– ante la cada vez más acentuada fama de la cocina vietnamita como una de las mejores de Asia me hizo venir en busca de comida sencilla y fresca, nuevas mezclas de sabores, texturas y colores. Mis expectativas gastronómicas son altas, pero por ahora me conformo con encontrar algo de ropa.

La idea era comenzar el recorrido en Hanoi y viajar por tierra hacia el sur, hasta Saigón, pero el extravío del equipaje desde luego no estaba en los planes. Tampoco estaba preparada para el bombardeo de sensaciones que me esperaba al salir a la calle. Menos para la odisea que sería conseguir comida y ropa limpia. Sólo cruzar la calle –en la esquina, con semáforo– tomó cinco minutos. Eran demasiadas motos en todas direcciones, de todos colores y a toda velocidad. Todas tocando la bocina, con taxis y autos sumándose a una vorágine que, más tarde, ya más acostumbrada, empezará a parecer divertida. Pero eso será más tarde. Ahora busco el mercado de Dong Xuang, siguiendo las instrucciones de la recepcionista del hotel que, me aseguró, me tomaría sólo unos minutos a pie encontrar. “Eso sin contar los cruces de calle”, pienso mientras esquivo más motos.

Camino por la calzada. Casi no hay veredas y las pocas que se ven están tomadas por vendedores que ofrecen desde ropa interior a frutas, pasando por flores, baguettes, flanes de coco, artesanías, ollas y una interminable lista de artículos plásticos. Cuando un motorista encuentra lo que busca, se para en seco y comienza la transacción, siempre arriba de la moto. Hecha la compra, la suben en cualquier espacio o la cuelgan como sea. Se ven, sobre las motos, gallinas en bolsas plásticas y perros enjaulados, mujeres con niños, y un hombre que equilibra un viejo televisor a sus espaldas.

Ya es cerca de mediodía y esto parece el infierno. Decir que Hanoi es una ciudad que hierve no es metáfora. A esta hora, la temperatura ha llegado a los 42 grados y los vendedores capean el calor sacándose poleras y zapatos, y poniendo un pie sobre la rodilla contraria y cambiando al rato. Pareciera que la gente tratara de hacerse pequeña, de esconderse del sol, cuando se sientan en cuclillas o en diminutos pisos. Las manos se estiran al paso de los turistas ofreciendo agua fresca por 10 mil dong.

Encuentro el mercado. Ahí comprendo que apenas comienzo a adentrarme en el laberinto.

***

En Dong Xuang los pasillos son angostos. Y muchos. Se ve de todo: ropa, maletas, zapatos, comida, artesanías. Calor y color, estilo asiático, copias buenísimas de equipajes de marca, de ropa deportiva en algodón de excelente calidad, café –maravilloso, con hielo y leche condensada–, frutas y cuencos humeantes con sopa.

Los turistas caminan fascinados. Se ven más flashes que en las rojas alfombras de Hollywood. Todos quieren llevarse un pedazo del espíritu hanoita en forma de postal, y otros tantos se tientan con las buenas réplicas de las chaquetas de marca o los trajes hecho a la medida en menos de 24 horas.

Yo sólo busco dónde probar un buen plato de pho, una sopa en la que se mezclan finos fideos de arroz y delgados trozos de carne, pollo o camarones, verduras crocantes y diminutos trozos de ají, muy –muy– picante. Llego a una especie de barra en un local al costado del mercado, donde sirven el pho muy caliente, acompañado de palillos y una cuchara, además de varios pocillos pequeños con brotes de soya, hierbas, limón y ají picado, para agregar a gusto. Es fácil entusiasmarse con el ají y el esófago sufre las consecuencias. Aunque parece casi imposible, ahora hace más calor en Hanoi.

Tras un litro de agua mineral y ya repuesta, decido a comprar un par de poleras sencillas. Nada especial. Algo para cambiar de ropa que traigo puesta hace ya un par de días, con las consecuencias del caso. De regreso al hotel, tomo una larga ducha de agua fría. Y ya con ropa limpia, me deleito con el aire acondicionado al máximo. Mi conciencia ecológica reprocha ambos excesos, pero enciendo el televisor y la hago callar un rato. Duermo un rato. Por fin.

De regreso a la calle, con tenida y sonrisa nuevas, el calor ha disminuido, pero el ambiente está más húmedo. Pegajoso.

Es de noche y a los vietnamitas parece no importarles: las motos esquivan pequeños montones de basura humeante, mientras camino hacia el río. La calle es el lugar de lo público y de lo privado. Comen, se lavan el cabello, se pintan las uñas, fuman, leen, ven televisión, toman café negro. Todos agachados sobre las veredas.

A esta hora, los mercados se han instalado al aire libre en precarias tiendas donde se amontonan pijamas con figuras infantiles de moda, ropa interior, vajilla de bambú lacado, lámparas de colores. Una pareja de turistas regatea pacientemente con una mujer bajita por unas mantas de seda bordadas a mano. Parecen franceses. O canadienses.

Es casi medianoche y a estas alturas importa poco la maleta perdida, el miedo a cruzar la calle y el calor sofocante. Camino lento. Me siento maravillada por el ritmo de la ciudad, sus colores y sonidos. Por el trato amable de la gente, que parece no necesitar mucho para sonreir.

Esquivo las últimas motos y, en ese momento, todo parece perfecto: a la vuelta de la esquina, en un negocio diminuto y escondido, encuentro lo único que necesito. Lo que me faltaba. Un desodorante, al fin. Ahora sí, estoy lista para seguir el viaje.

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