No agradece uno lo suficiente la posibilidad -simple y cotidiana- de poder decir lo que se le viene a la cabeza. O de leer lo que se le antoje. O de protestar por lo que considera injusto, corrupto o inmoral. O de publicar un blog, un pasquín o poner al aire una señal de TV que contradiga el discurso oficial. Todo ello sin correr el riesgo de ser acosado, amenazado, encarcelado o asesinado por los señores censores.

Loco mundo éste, donde muchos conscientes están presos por pensar o repartir folletos “incendiarios”, por buscar en la web información sobre temas prohibidos (como la independencia del Tíbet o las muertes en Tiananmen), por pensar diferente al gobierno (que hace años dejó de ser de turno).

Beijing acaba de condenar a Google por dejar de censurar búsquedas “peligrosas” para el Estado; La Habana carga sobre sus hombros la muerte de un hombre que sólo cometió el delito de pensar distinto y que en su convicción se negó a probar bocado como una forma de llamar la atención sobre lo ridícula de su condena -que superaba las tres décadas-; en Caracas quedan pocos medios que se atrevan a resistirse a las interminables cadenas de radio y televisión del caudillo de la boina.

No difundir estos casos ni repetirlos hasta el cansancio es sumarse al silencio, al temor, a la autocensura. Los periodistas que nos formamos en democracia olvidamos, quizás con demasiada con facilidad, que para muchos pensar es un arma contra la injusticia y el olvido.

Anuncios