AGRICULTOR_CHNO

Son las nuevas inversiones neocoloniales. Se producen cuando algún pequeño y sobrepoblado país súperimportador de alimentos que no tiene terrenos cultivables consigue que otro, con hambre, sed y necesidad –en África, Asia o Latinoamérica-, le rente unas cuantas miles de hectáreas para plantar lo que sea: arroz, soya, trigo, cebada, maíz.

Comunidades indígenas, pastores o propietarios de granjas colectivas arriendan sus tierras por unos pocos dólares o euros, las que son explotadas hasta terminar repletas de pesticidas y herbicidas, y mustias como un árbol seco.

Más de mil millones de personas pasan hambre en el mundo hoy, y sus gobiernos arriendan tierras a empresas extranjeras cambio de inversiones, tecnología y efectivo, sin contar con la exención de impuestos y la posibilidad de exportar a sus países la totalidad de las cosechas.

Uno de los casos más publicitados ha sido el de una empresa coreana que proyecta alquilar por 100 años la mitad de la tierra cultivable en Madagascar para plantar maíz que importar a Seúl. En la isla, más del 70% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y más de medio millón de personas recibe asistencia del Programa Mundial de Alimentos.

Los gobiernos anfitriones ofrecen tierras “vacías” o de propiedad estatal, la que en muchos casos ha sido cultivada por generaciones de personas que encontraron en ellas la única forma de subsistir.

El G8 acaba de aprobar un presupuesto de US$20 mil millones para luchar contra el hambre, promoviendo el desarrollo agrícola sustentable, pero muchos dudan de su efectividad sino se consideran otros factores. Porque sin tierra, no hay comida.

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