Ya voté. O mejor dicho, ya anulé.

 

Dos veces, dos votos, uno celeste, el otro blanco, gigante, cincuenta nombres, ordenaditos, con sus respectivos partidos (ahora sí), nombres conocidos, algunos que algo me sonaban y otros que no había oído en mi vida…

 

Votar nulo es idiota, lo sé. Inscribirse para participar en la vida política de un país, para terminar echando a perder el voto porque no sabes a quién darle tu confianza, tus buenas vibras, tu ingenuidad, tu esperanza.

 

Pero, ¿por quién iba a votar? De un lado, la alcaldesa que se preocupa de tener la ciudad linda, limpia, para traer más turistas y plata, pero que olvida que allá, cerro arriba, hay quienes se conforman con menos, con tener calles, con que estén pavimentadas para capear el barrial en invierno, con tener un baño decente para no tener que ir a pedirle permiso al vecino, con un consultorio donde los médicos atiendan todo el año y no sólo los dos meses posteriores a la inauguración.

 

Del otro, un concejal que hace años que está pero no importa, que no lo conoce nadie, que no es ni fiscalizador ni mediático, ni hacedor de cosas, ni simpático, menos inteligente (o al menos lo oculta bastante bien).

 

¿Y para concejal? ¿El gordito que salió en cueros en la pasada elección y que se promocionaba en Facebook? ¿La esposa de un ex alcalde? ¿La hija de un ex senador? ¿Un marino retirado? ¿La ex concejal amante de un ex intendente?

 

Lo peor, los/as desconocidos/as, que lucían guapos/as y sonrientes en los miles de carteles desperdigados por la ciudad, carteles que nada decían, afiches que sólo mostraban que ellos/as también querían un trozo de la torta, que venían con pocas ideas pero hambre nueva.

 

Votar nulo es idiota, lo sé. Pero es lo que hay.

 

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