Fue una luz que de pronto apareció en el cielo, una bengala sobre las cabezas de los manifestantes presentes en la Plaza de las Tres Culturas – más conocida como la Plaza de Tlatelolco-, la que desencadenó la tragedia.

 

El encuentro de estudiantes en huelga en la capital mexicana, el 2 de octubre de 1968, se transformó rápidamente en un desastre, cuando a media tarde, mientras cerca de diez mil jóvenes, mujeres, niños y ancianos se hallaban reunidos para escuchar a los oradores estudiantiles, diez oficiales del Estado Mayor Presidencial, con pañuelos blancos en sus manos y armados nada menos que con metralletas, comenzaron a disparar a los “revoltosos”. 

 

Hasta entonces, el ambiente era tranquilo a pesar la gran presencia de fuerzas policiales. Muchachos y muchachas repartían volantes, hacían colectas, vendían periódicos y carteles, todo bajo la atenta mirada de la prensa nacional y corresponsales de medios extranjeros, que habían sido enviados para informar sobre los Juegos Olímpicos que habrían de iniciarse diez días más tarde.

También estaban presentes los obreros, y cuando un estudiante anunciaba que la marcha programada no se iba a llevar a cabo, surgieron en el cielo las luces de bengala que hicieron que los concurrentes dirigieran automáticamente su mirada hacia arriba.  

 

Se oyeron los primeros disparos. La gente se alarmó. La desbandada fue general. Todos huían despavoridos y muchos caían en la plaza, en las ruinas prehispánicas, frente a la iglesia de Santiago Tlatelolco. Se oía el fuego cerrado y el tableteo de ametralladoras. 

 

Los muertos fueron cien, trescientos, quién sabe cuántos.

 

“Todavía fresca la herida, todavía bajo la impresión del mazazo en la cabeza, los mexicanos se interrogan atónitos. La sangre pisoteada de cientos de estudiantes, hombres, mujeres, niños, soldados y ancianos se ha secado en la tierra de Tlatelolco. Por ahora la sangre ha vuelto al lugar de su quietud. Más tarde bro­tarán las flores entre las ruinas y entre los sepulcros”, escribió Elena Poniatowska.

 

Ver post de Ismael Serrano sobre el tema en su nuevo blog

 

Ver reportaje de El País, La noche más larga

 

 

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