Pascal Henry amaba la buena mesa y su mayor sueño en la vida era hacer un tour por los 68 restaurantes premiados con tres estrellas -la máxima distinción- por la Guía Michelin, la Biblia de los restaurantes, creada en 1900 por la famosa empresa de neumáticos, con el fin de proporcionar a los automovilistas información útil sobre servicios de reparación del automóvil, así como dónde hallar alojamiento, buena comida, y oficinas de correo, telégrafo o teléfono.

 

La idea de este mensajero suizo, que había estado ahorrando durante años para sufragarse esta excursión gastronómica (el costo, sólo en las cuentas de los restaurantes, alcanzaba los 17 mil euros), era recorrer desde Francia a Japón, degustando los más variados y exóticos platillos, y bebiendo los mejores mostos.

Entre los restaurantes destacaban seis españoles, por lo que su periplo se inició hace dos meses en Cataluña, primero en el Can Fabes de Santi Santamaría y luego en el Sant Pau de Carme Ruscalleda.

A la cocina de Ferran Adrià, el conocido chef creador de la cocina molecular, llegó el pasado 12 de junio. Era su cuadragésima etapa. Y fue allí, en El Bulli, cuando se perdió su rastro.

Esa noche, la empezó con una copa de champagne Gosset Grande Réserve, perfecto para abrir paso a un rosario de 32 platos en el mejor restaurante del mundo.

Sentado solo a una mesa del restaurante de Ferran Adrià en la Costa Brava, el hombre sorbía con semblante concentrado y satisfecho su copa de champán. En la mesa, junto a él, reposaba una libreta de tapas duras en la que anotaba sus experiencias gastronómicas. En la silla vacía, un sombrero de fieltro marrón y una bolsa de mano.

Cuando hubo terminado su opípara cena, invitó a su mesa a una periodista local que cenaba en una mesa contigua, quien estaba al tanto de su hazaña. Conversaron unos momentos sobre alta cocina, el increíble viaje, fechas y restaurantes, hasta que el suizo reparó que había olvidado sus tarjetas de presentación en su auto, por lo que se disculpó y salió del restaurante a buscarlas.

Nunca regresó ni, por supuesto, pagó la cuenta. En la silla quedaron su sombrero y su libreta de apuntes. ¿Qué será de Pascal Henry?

 

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