A poco menos de un mes del comienzo de los Juegos Olímpicos (el 8/8/08, número de buena suerte para los chinos), el estado chino ha decidido sacar mopas y escobillones a la calle, para hacer una limpieza profunda de imagen.

 

Todo comenzó hace mucho, en realidad, cuando confirmaron que Beijing (o Pekín, como aprendí en el colegio, hace mucho tiempo ya) sería sede de las Olimpiadas, época en que se empezaron a planificar las megaestructuras fantásticas que hoy se encuentran listas para ser inauguradas.

 

Pero eso suena de lo más normal cuando leemos que durante los JJOO se prohibirá funcionar a cientos de empresas, las más contaminantes, con el fin de que no se les intoxiquen los deportistas más importantes del mundo; que se permitirá entrar a China a las personas que tengan SIDA (tarea para la casa, averiguar cómo se controla esto en frontera, ¿exigirán el test de Elisa para otorgar la visa?) y que la prensa extranjera recibirá un buen servicio (aunque yo no hablaría muy alto en los recintos cerrados).

 

Sin embargo, la medida ganadora la dieron a conocer ayer: para tranquilidad de los millones de turistas que visitarán el país, se exigirá a los restaurantes retirar de su menú la carne de perro. Qué tal?

 

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