Martes 8 de julio

Estación Los Héroes, 13.47

 

Un par de pokemonas sub20 se suben al vagón, y se acomodan frente a mí, bien cerca, ocupando unos centímetros de mi metro2 de Metro, que a esa hora aún va razonablemente desocupado (lo que, dadas las condiciones ganaderas habituales, se agradece).

 

Una de ellas se acerca a la otra, juguetona, risueña y sus manos se posan, cómodas y seguras, sobre las caderas de su amiga, acercando su cuerpo protectoramente.

 

Me siento un poco incómoda y trato de no mirarlas directamente, pero las chicas cuchichean, cómplices. Es lo mismo que cuando me encuentro con esas parejas besuconas que se comen en público, como si el mundo se acabara en la siguiente estación, me digo, pero mis ojos se van una y otra vez a los sutiles movimientos de las chicas, que se acarician y conversan con sus rostros muy cerca.

 

Estación Unión Latinoamericana, 13.49

 

No hay espacio para moverme, y hacerlo sería muy obvio, por lo que hago un esfuerzo y miro a otro lado, casi empinada en mis botas. Busco algo que me distraiga y, de pronto, capto la fascinación que existe entre los pasajeros.

 

Un adolescente las mira con sus ojos café muy abiertos y la boca ávida, convencido quizás que está ante una de esas fantasías que promueve la TV, mientras a unos pasos suyo otro hombre, esta vez ya entrado en años (y en carnes), sonríe y mira a las muchachas sin discreción alguna.

 

Mis ojos vuelven a caer en la parejita, que se acerca y se aleja de acuerdo a los vaivenes del vagón, mientras de reojo veo a una mujer con cara de espanto, a punto de persignarse y salir arrancando.

 

Pero las chicas se adelantan y, antes que la alarma de la puerta deje de sonar, bajan tomadas de la mano.

 

Estación Universidad de Santiago, 13.51

 

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