Acaba de ser nombrado el primer Ciudadano Ilustre del Mercosur, en Tucumán, Argentina, en presencia de los presidentes y presidentas de las repúblicas de este rincón del mundo –excepto Tabaré Vásquez, presidente de Uruguay- y acompañado de su familia y de más de 700 personas que abarrotaron el salón donde se produjo el público reconocimiento.

Y Michelle Bachelet dijo, “Eduardo, ha ayudado como pocos al conocimiento de nuestra historia común y a las inevitables perspectivas del proceso de integración. Su emblemática obra, muy especialmente Las venas abiertas de América Latina, ha ayudado a varias generaciones de jóvenes de nuestra región a querer mejor a sus patrias y a entenderlas como parte de la construcción de una nación grande y común”.

Y Cristina Fernández dijo, en una larga carta que arranca así: “Alguna vez leí que usted prefería definirse a sí mismo como ‘un escritor que quisiera contribuir al rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo de América Latina, tierra despreciada y entrañable.

Como eso usted lo ha logrado sobradamente, si me preguntaran diría que, en ese ‘mar de fueguitos’ que describe aquel hombre del pueblo de Neguá que pudo subir al alto cielo y contemplar la vida humana, Eduardo Galeano es una de aquellas personas que arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear. Esta distinción es tan sólo un pequeño acto de justicia, que no alcanza para retribuirle tanto fuego que nos ha dado”.

Y Fernando Lugo dijo, emocionado, “no me hubiera perdonado no estar aquí. El pueblo ha secuestrado la voz de Galeano. Y la mantiene cautiva, en la trinchera de los sueños. Eduardo ha sido y es nuestra voz. Lo amamos, aun sin conocerlo personalmente, y estoy convencido de que hoy el Mercosur se anota una estrella en el cielo.”

Y Galeano habló de sus héroes, lugares comunes para muchos, y propuso-pidió-exigió que se anulara el nombre de la concurrida e importante avenida 11 de septiembre, en Santiago, bautizada así en “homenaje a los verdugos de la democracia en Chile. ¿No sería hora de cambiarle el nombre y que se llame Salvador Allende, en homenaje a la dignidad y la democracia?”.

Y siguió: “los mapas del alma no tienen fronteras, y yo soy patriota de varias patrias. Pero quiero culminar este viajecito por las tierras de la región evocando a un hombre nacido, como yo, por aquí cerquita.   
 
Paradójicamente, él murió hace un siglo y medio pero sigue siendo mi compatriota más peligroso. Tan peligroso es que la dictadura militar del Uruguay no pudo encontrar ni una sola frase suya que no fuera subversiva, y tuvo que decorar con fechas y nombres de batallas el mausoleo que erigió para ofender su memoria.
  
A él, que se negó a aceptar que nuestra patria grande se rompiera en pedazos; a él, que se negó a aceptar que la independencia de América fuera una emboscada contra sus hijos más pobres, a él, que fue el verdadero primer ciudadano ilustre de la región, dedico esta distinción, que recibo en su nombre. Y termino con palabras que le escribí hace algún tiempo: 1820, Paso del Boquerón. Sin volver la cabeza, usted se hunde en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná con perezas de lagarto y allá se aleja flameando su poncho rotoso, al trote del caballo, y se pierde en la fronda. Usted no dice adiós a su tierra. Ella no se lo creería. O quizás usted no sabe, todavía, que se va para siempre. Se agrisa el paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se queda sin aliento. ¿Le devolverán la respiración los hijos que le nazcan, los amantes que le lleguen? Quienes de esa tierra broten, quienes en ella entren, ¿se harán dignos de tristeza tan honda?Su tierra. Nuestra tierra del Sur. Usted le será muy necesario, don José. Cada vez que los codiciosos la lastimen y la humillen, cada vez que los tontos la crean muda o estéril, usted le hará falta. Porque usted, don José Artigas, general de los sencillos, es la mejor palabra que ella ha dicho”.

 

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