Álvaro Colom, presidente de Guatemala, acaba de pedir perdón a las víctimas -cientos de miles- del conflicto armado que afectó a ese pequeño país centroamericano por nada menos que 36 años. Perdón para quienes perdieron la vida en el asalto a la Embajada de España, perdón a los líderes sindicalistas torturados y asesinados, perdón a los miles de indígenas muertos y desaparecidos en un genocidio ocurrido hace menos de tres décadas y del que pocos saben o recuerdan, una matanza en la que se violaron los derechos humanos de más de 250 mil personas, 45 mil de las cuales fueron desaparecidas.

 

En Australia, el primer ministro, Kevin Rudd, pidió perdón a los aborígenes comenzando su mandato, en febrero pasado. Perdón por la política sistemática de matanzas, secuestros y entrega de hijos de indígenas a padres europeos, con el fin de una asimilación cultural que permitiera conseguir el desarrollo mediante el fin de los indeseados.

 

Muy cerca, en Nueva Zelanda, el gobierno acaba de firmar un histórico acuerdo con el pueblo Maorí, que no sólo significará la restitución de una importante porción de tierras para este pueblo, sino que además es el paso más trascendental que esta nación ha dado en el camino de la reconciliación. Con el acuerdo la población mayor dispondrá de 176 mil hectáreas de áreas forestales, en un pacto que entregará a los pueblos aborígenes una compensación equivalente a US$319 millones de dólares en tierras forestales, ubicadas en la Isla Norte del país.

 

Canadá, en tanto,  pidió disculpas a los ex alumnos de internados donde se obligó a vivir a niños y jóvenes nativos, separándolos de sus familias y sus comunidades, sobre la base de que era lo mejor, ya que sus costumbres y creencias eran erradas e inferiores. Se estima que unos 150 mil jóvenes fueron educados en los internados indios que comenzaron a cerrar en la década de los ’70.

 

Yo no soy quién para decir quién debe pedir perdón, ni cómo hacerlo. Pido perdón por la soberbia de creer que hay muchos más que deberían pedir perdón.

 

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