Cero objetividad. Cero.

Ayer he leído (he vuelto a leer en esta cosa luminosa que me daña los ojos) que le darán un premio a Galeano. Será nombrado Ciudadano Ilustre del Mercosur.

 

 

Muy merecido, a mi gusto, siempre político (él y el premio). La excusa perfecta para hacer públicos algunos de los textos de su último libro, Espejos, maravillosos como siempre, entretenidos e irónicos, con los que me he deleitado en mi travesía por el desierto.

 

El horror de la guerra

 

A lomo de un buey azul, andaba Lao Tsé.

Andaba los caminos de la contradicción, que conducen al secreto lugar  donde se funden el agua y el fuego.

En la contradicción, se encuentran el todo y la nada, la vida y la muerte, lo cercano y lo lejano, el antes y el después.

Lao Tsé, filósofo aldeano, creía que cuanto más rica era una nación, más pobre es. Y creía que conociendo la guerra se aprende la paz, porque el dolor habita la gloria:

 

Toda acción provoca reacciones.

La violencia siempre regresa.

Sólo zarpas y espinos nacen en el lugar donde acampan los ejércitos.

La guerra llama al hambre.

Quien se deleita en la conquista, se deleita en el dolor humano.

Los que matan en la guerra deberían celebrar cada conquista con un funeral.

 

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Fundación de la inseguridad ciudadana

 

La democracia griega amaba la libertad, pero vivía de sus prisioneros. Los esclavos y las esclavas labraban tierras,

Abrían caminos,

excavaban las montañas en busca de plata y piedras,

alzaban casas,

tejían ropas,

cosían calzados,

cocinaban,

lavaban,

barrían,

forjaban lanzas y corazas, azadas y martillos,

daban placer en las fiestas y en los burdeles,

y criaban a los hijos de sus amos.

Un esclavo era más barato que una mula. La esclavitud, tema despreciable, rara vez aparecía en la poesía, o en el teatro o en las pinturas que decoraban las vasijas y los muros. Los filósofos la ignoraban, como no fuera para confirmar que ése era el destino natural de los seres inferiores, y para encender la alarma. Cuidado con ellos, advertía Platón. Los esclavos, decía, tienen una inevitable tendencia a odiar a sus amos y solo una constante vigilancia podrá impedir que nos asesinen a todos.

Y Aristóteles sostenía que el entrenamiento militar de los ciudadanos era imprescindible, por la inseguridad reinante.

 

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Contrabandistas de palabras

 

Los pies de Yang Huanyi habían sido atrofiados en la infancia. A los tumbos caminó su vida. Murió en el otoño del año 2004, cuando estaba por cumplir un siglo.

 

Ella era la última conocedora del Nushu, el lenguaje secreto de las mujeres chinas.

 

Este código femenino venía de tiempos antiguos. Expulsadas del idioma masculino, que ellas no podían escribir, habían fundado su propio idioma, clandestino, prohibido a los hombres. Nacidas para ser analfabetas, habían inventado su propio alfabeto, hecho de signos que simulaban ser adornos y eran indescifrables para los ojos de sus amos.

 

Las mujeres dibujaban sus palabras en ropas y abanicos. Las manos que los bordaban no eran libres. Los signos, sí. 

 

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