El fallo del Centro de Resolución de Controversias del Banco Mundial que condenó al gobierno chileno a pagar poco más de US$ 16 millones a los dueños del diario Clarín por haberlo expropiado durante la dictadura, tiene a unos celebrando y a otros haciendo cuentas para reclamar la nulidad de la sentencia.

Cargado de intrigas políticas y personajes históricos, el veredicto parece un capítulo de la Historia Oculta del Régimen Militar.

Pero sin duda, lo que al fin del conflicto podría ser lo más importante para los que estamos aburridos del escaso aporte del duopolio Copesa-El Mercurio, sería la idea de lanzar un nuevo Clarín.

Ojalá resultase esto último –para lo que el gobierno debería renunciar a pelear la nulidad-, por el bien del alicaído pluralismo ideológico e informativo de la prensa chilena y de quienes aún nos gusta el periodismo.

————–

Mientras tanto, al otro lado de Los Andes, el Clarín porteño se ha transformado en el símbolo de los embates de la familia K que, con un descaro que sorprende, reclama a diario porque los medios publican sólo las cosas negativas de su(s) gobierno(s), mientras la Presidenta -siguiendo la política heredada de su marido- se niega a dar entrevistas. 

 

Afiches en las calles, amenazas vía email, reclamos públicos y escraches (lo que en Chile llamaríamos una funa) contra el grupo han sido llevadas a cabo por parte de las juventudes peronistas, encabezadas por Máximo K, el hijo del ex y la actual, molestos por el fin del romance que por años sostuvo el grupo editorial con la familia presidencial, donde incluso se llegó a decir que NKirchner usaba a Clarín como agencia de noticias propia

 

Anuncios