Más de medio centenar de rostros ajados por el frío extremo, la difícil vida al fin de un continente y la brutalidad de colonizadores que secuestraban indígenas para exhibirlos como caníbales en las ferias de París y Londres componen la exposición fotográfica sobre el trabajo etnológico de Anne Chapman en Tierra del Fuego, desarrollado desde la década de los 60.

 

La muestra de la antropóloga  franco-americana, inaugurada esta semana en el Centro Cultural Palacio La Moneda es una buena posibilidad de conocer un poco de la historia de los pueblos originarios del sur -selk’nam, kaweskar y yámanas- de Chile, de ésos que no hablamos ni recordamos que existían hasta principios del siglo XX, cuando los colonizadores se deshicieron de ellos, diezmándolos por robar sus ovejas.

 

La exposición cuenta con imágenes tomadas por la propia Chapman y por el sacerdote y etnólogo austriaco Martín Gusinde, quien trabajó con estos pueblos  en los años 20, estableciendo con sus integrantes un profundo vínculo.

 

Anne Chapman, discípula de Claude Lévi-Strauss, llegó a Tierra del Fuego en 1964, época en la conocería y se encantaría por la cosmovisión y forma de vida de los selk’nam, mundo al que ingresó de la mano de Lola Kiepkia, chamana que compartió con ella relatos y costumbres ancestrales.

 

La muestra, ambientada con los cantos de Kiepkja, cuenta con 56 fotografías en blanco y negro, de hombres, mujeres y familias completas, tanto en su vida cotidiana y como representando ritos de caza.

 

Pero mi favorito, sin duda, es el Hain, ritual de iniciación donde los hombres selk’nam utilizaban pintura corporal para simular ser dioses y que Chapman reinterpreta desde la perspectiva femenina, demostrando su funcionalidad en la mantención del patriarcado.

 

Cuenta la historia que en el comienzo, la mujer poseía el poder. Durante varios meses al año, éstas se reunían en una choza ceremonial, donde se contactaban con los dioses. Allí se realizaba el Hain, rito donde las mujeres obligaban a los hombres a trabajar intensamente para suministrarles carne, con el fin de calmar la ira de Xalpen, iracundo y glotón espíritu femenino del mundo subterráneo.

Pero Xalpen no existía y su amenaza era un engaño.

Un día, el hombre Sol, cazador curioso, se acercó a la choza donde estaban las mujeres y escuchó las risas éstas, que se burlaban de los hombres. Al descubrir el engaño, corrió a avisar a los hombres, que se rebelaron, matando a casi todas las mujeres.

Desde entonces, los hombres heredaron el Hain. Ahora ellos repetirían la antigua ceremonia, pintándose el cuerpo y utilizando máscaras hechas de cortezas de árboles, convirtiendo en la encarnación de los dioses. Durante varias semanas, se sostendría una representación teatral en la que los diversos espíritus se mostrarían ante niños y mujeres para animar, una y otra vez, una historia sagrada y ancestral.

 

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