Violentos disturbios han agitado la ya difícil vida de los haitianos durante esta semana. La razón: los alimentos básicos, como frijoles, arroz y frutas, escasos desde hace mucho en este pobrísimo país caribeño, han subido de precio más de un 50%, llegando a un punto en que la opción es protestar o morirse de hambre.

En Bangladesh un paquete de arroz de dos kilos cuesta la mitad del ingreso diario de una familia pobre, señaló el presidente del Banco Mundial, Roberto Zoellick, mientras expresaba su preocupación por más de 33 países que están en riesgo de enfrentar problemas sociales por la falta de alimentos.

 

La ONU ha destacado que entre los factores que han contribuido a los altos precios de los alimentos se encuentra la creciente producción de biocombustibles y que el alza en la demanda de productos agrícolas implicará aumentos en los precios hasta 2010.

Maíz, soya, aceite de palma, caña de azúcar, remolacha, trigo y cebada, entre otros, se han transformado en productos codiciados para hacer energía “verde”, alternativa a los combustibles fósiles como el petróleo o el tóxico carbón.

Pero, ¿es válido sacrificar la alimentación de los pueblos y comunidades más pobres del planeta a costa de combustibles biodegradables que “alimenten” el sistema de vida de países ricos como Alemania, Francia o Estados Unidos?

 

¿Son los biocombustibles una alternativa real? ¿Cuál será el costo de los países “graneros” que cada día exportan más, dejando al mercado interno sólo una pequeña parte de las cosecha? (ver el caso de Argentina y la actual crisis agropecuaria). ¿Qué pasará en los países que no tengan políticas de recuperación de tierras agrícolas?

 

En Chile, los productores de remolacha, convocados y comandados por IANSA, han empezado a analizar la factibilidad de abandonar la clásica producción de azúcar. Su sueño es que, para el Bicentenario, nuestros autos se muevan con combustible verde, y que éste sea hecho en casa. 

 

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