La tarde está sofocante en el puerto. Y silenciosa. Parece que el humo que no nos está dejando ver los cerros se hubiese llevado también los sonidos.Los colores han cambiado, incluso el intenso aroma a pescadería de barrio que cada marea alta embota nuestros sentidos, parece haber huido con el calor de los incendios que desde ayer -y nuevamente esta mañana- amenazan a los cerros y las casitas de madera y planchas metálicas oxidadas.Arde la Plaza Aduana, arde Curauma, horrible ciudad ficticia rodeada de árboles que arden. Arden los hoteles de mala muerte en los barrios de mala muerte.

Llueven, oscuras cenizas como lágrimas oscuras de árboles que se iluminan -casi bíblicos- para morir de pie, como un ejército que desde la periferia vigila al puerto cubierto de un manto onírico.Arde el aire, arde la piel. Hace calor en el puerto. Es hora de ir a almorzar.

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