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Escribo estas líneas durante mi hora de almuerzo. Mi estómago reclama porque me demoro más de lo habitual  en abrir el refrogerador, aliñar mi ensalada y sentarme a comer mis lechugas acompañadas de un pedazo de vaca muerta y cocida.Comer entraña al cuerpo de manera irrevocable”, dice Sonia Montecinos, quien nos recuerda que echarnos algo a la boca requiere no sólo de hambre, si no de un rico universo hecho de símbolos y aprendizajes.Comer separa lo “nuestro” y lo de los “otros”, lo que somos -y lo que queremos ser- de lo que nos distanciamos, el fuego dominador de la naturaleza salvaje, el mantel largo de la comida con los dedos, lo animal de lo humano.

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