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¿Autoflagelación? ¿Masoquismo? ¿Honestidad brutal? ¿Marketing original? Elija Ud. pensar lo que se le antoje sobre la nueva sección del diario del periodista argentino Jorge Lanata. Aquí va la introducción, hecha por alguno de sus subalternos, que no amerita cambios ni interpretaciones.

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Lanata (como lo llaman sus lectores) es el director del diario Crítica de la Argentina, en eso estamos de acuerdo. Él decide la línea editorial, escribe sus columnas, emprende investigaciones y, sí, tiene un carisma y una informalidad especiales que lo despegan del común de los directores de medios periodísticos.

Algunos lo quieren y otros lo detestan, eso tampoco es novedad. Pero lo curioso es que algunos lectores/usuarios le confieren a Lanata superpoderes y lo culpan, insultan, defenestran y critican por todo y absolutamente todo lo que sucede en el diario y en la web. Están los que directamente obvian que por debajo de Lanata trabajan secretarios de redacción, editores jefes, editores y redactores, y lo toman como figura excluyente para todo tipo de reclamos y sugerencias, e incluso lo culpan por no colmar andá a saber qué expectativas.

Los comentarios de las notas son un termómetro para medir la opinión del público. Y desde ahora, nosotros, los que estamos debajo de Él, vamos a usar este espacio para reproducir los más insólitos, extravagantes, conspirativos y ocurrentes, así Lanata tiene motivos suficientes para sentirse culpable de todo lo que se le imputa (aclaración: los comentarios se transcriben sin correcciones así sus autores también pueden hacerse cargo de lo propio).

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Si quiere dejar su mensaje, su granito de arena, su opinión bien formulada o su maldiciones en Crítica, pinche AQUÍ

 

Álvaro Colom, presidente de Guatemala, acaba de pedir perdón a las víctimas -cientos de miles- del conflicto armado que afectó a ese pequeño país centroamericano por nada menos que 36 años. Perdón para quienes perdieron la vida en el asalto a la Embajada de España, perdón a los líderes sindicalistas torturados y asesinados, perdón a los miles de indígenas muertos y desaparecidos en un genocidio ocurrido hace menos de tres décadas y del que pocos saben o recuerdan, una matanza en la que se violaron los derechos humanos de más de 250 mil personas, 45 mil de las cuales fueron desaparecidas.

 

En Australia, el primer ministro, Kevin Rudd, pidió perdón a los aborígenes comenzando su mandato, en febrero pasado. Perdón por la política sistemática de matanzas, secuestros y entrega de hijos de indígenas a padres europeos, con el fin de una asimilación cultural que permitiera conseguir el desarrollo mediante el fin de los indeseados.

 

Muy cerca, en Nueva Zelanda, el gobierno acaba de firmar un histórico acuerdo con el pueblo Maorí, que no sólo significará la restitución de una importante porción de tierras para este pueblo, sino que además es el paso más trascendental que esta nación ha dado en el camino de la reconciliación. Con el acuerdo la población mayor dispondrá de 176 mil hectáreas de áreas forestales, en un pacto que entregará a los pueblos aborígenes una compensación equivalente a US$319 millones de dólares en tierras forestales, ubicadas en la Isla Norte del país.

 

Canadá, en tanto,  pidió disculpas a los ex alumnos de internados donde se obligó a vivir a niños y jóvenes nativos, separándolos de sus familias y sus comunidades, sobre la base de que era lo mejor, ya que sus costumbres y creencias eran erradas e inferiores. Se estima que unos 150 mil jóvenes fueron educados en los internados indios que comenzaron a cerrar en la década de los ’70.

 

Yo no soy quién para decir quién debe pedir perdón, ni cómo hacerlo. Pido perdón por la soberbia de creer que hay muchos más que deberían pedir perdón.

 

Cero objetividad. Cero.

Ayer he leído (he vuelto a leer en esta cosa luminosa que me daña los ojos) que le darán un premio a Galeano. Será nombrado Ciudadano Ilustre del Mercosur.

 

 

Muy merecido, a mi gusto, siempre político (él y el premio). La excusa perfecta para hacer públicos algunos de los textos de su último libro, Espejos, maravillosos como siempre, entretenidos e irónicos, con los que me he deleitado en mi travesía por el desierto.

 

El horror de la guerra

 

A lomo de un buey azul, andaba Lao Tsé.

Andaba los caminos de la contradicción, que conducen al secreto lugar  donde se funden el agua y el fuego.

En la contradicción, se encuentran el todo y la nada, la vida y la muerte, lo cercano y lo lejano, el antes y el después.

Lao Tsé, filósofo aldeano, creía que cuanto más rica era una nación, más pobre es. Y creía que conociendo la guerra se aprende la paz, porque el dolor habita la gloria:

 

Toda acción provoca reacciones.

La violencia siempre regresa.

Sólo zarpas y espinos nacen en el lugar donde acampan los ejércitos.

La guerra llama al hambre.

Quien se deleita en la conquista, se deleita en el dolor humano.

Los que matan en la guerra deberían celebrar cada conquista con un funeral.

 

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Fundación de la inseguridad ciudadana

 

La democracia griega amaba la libertad, pero vivía de sus prisioneros. Los esclavos y las esclavas labraban tierras,

Abrían caminos,

excavaban las montañas en busca de plata y piedras,

alzaban casas,

tejían ropas,

cosían calzados,

cocinaban,

lavaban,

barrían,

forjaban lanzas y corazas, azadas y martillos,

daban placer en las fiestas y en los burdeles,

y criaban a los hijos de sus amos.

Un esclavo era más barato que una mula. La esclavitud, tema despreciable, rara vez aparecía en la poesía, o en el teatro o en las pinturas que decoraban las vasijas y los muros. Los filósofos la ignoraban, como no fuera para confirmar que ése era el destino natural de los seres inferiores, y para encender la alarma. Cuidado con ellos, advertía Platón. Los esclavos, decía, tienen una inevitable tendencia a odiar a sus amos y solo una constante vigilancia podrá impedir que nos asesinen a todos.

Y Aristóteles sostenía que el entrenamiento militar de los ciudadanos era imprescindible, por la inseguridad reinante.

 

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Contrabandistas de palabras

 

Los pies de Yang Huanyi habían sido atrofiados en la infancia. A los tumbos caminó su vida. Murió en el otoño del año 2004, cuando estaba por cumplir un siglo.

 

Ella era la última conocedora del Nushu, el lenguaje secreto de las mujeres chinas.

 

Este código femenino venía de tiempos antiguos. Expulsadas del idioma masculino, que ellas no podían escribir, habían fundado su propio idioma, clandestino, prohibido a los hombres. Nacidas para ser analfabetas, habían inventado su propio alfabeto, hecho de signos que simulaban ser adornos y eran indescifrables para los ojos de sus amos.

 

Las mujeres dibujaban sus palabras en ropas y abanicos. Las manos que los bordaban no eran libres. Los signos, sí. 

 

 

 

Aburrido de la vida -y porque su mujer lo pateó-, un inglés ha decidido rematarla –su vida, no a su ex-, como se vende un auto o una casa, amigos y pega incluidos. 

 

No le ha ido nada de mal. Ya le ofrecieron US$2.000.000. Y eso que vende alfombras. 

 

Loco o no, esto igual te hace pensar… y calcular. ¿Cuánto me darían por la mía?

El Mercurio, CHILE, 13 de junio de 2008

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