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Si es difícil ser mujer en Occidente, imagínense lo que será ser fémina en el Oriente de los velos, en la época de la revolución del Ayatollah Jomeini.Por fin, esta semana, se estrena en la cartelera local la película francesa animada Persepolis, que cuenta la historia de Marji, una niña nacida en Irán durante los 70, que vive la revolución islámica, la obligación de cubrirse el pelo, la guerra entre Irán e Irak y otras experiencias en el marco del fundamentalismo religioso, que transformarán su vida y su forma de mirar el mundo.Notable la coreografía de Marjane con “The Eye of the Tiger”.
Ha pasado menos de una semana y los ánimos no se calman. Las acusaciones fulminantes abundan y la guerra ya empezó por las palabras descalificadoras y las acusaciones cruzadas. Los tres presidentes de los tres países de nuestro norte gritan, chillan, inventan, reclaman, exigen. Ninguno de los tres (cuatro si sumamos a Managua) es un santo, como santa no es la guerra que parece avecinarse.El barrio está inquieto, casi revuelto.
Mala la hora de venir a morirse en tierras ecuatorianas alias Raúl Reyes y de arrastrar consigo la abulia local. Mala hora en que los colombianos se les ocurrió traspasar las fronteras para perseguir a las FARC. Mala hora en la que se dio cuenta Chávez que así podría atrapar a su archienemigo en contradicción. Mala hora en la que Correa y Ortega prestaron sus voces y razones al Antiimperialista.
Que los colombianos hicieron mal incursionando en territorio extranjero, nadie duda. O casi nadie, ya que en la historia se han otorgado ese papel aquellos que no deben ser nombrados para que no se aparezcan. Israel y EEUU son íconos metiches por excelencia. Donde nadie los llama, allá van a parar, con sus aviones, tanques y espías. Es su modo de pensar y actuar: nos concierne todo lo que nos dé la gana (o que huela a petróleo o buen negocio). Y punto. O bomba.
Colombia se ha contagiado hace rato, entrando en la renovada lucha contra el Eje del Mal. Creerle al anfitrión de la Casa de Nariño sería ingenuo. Su prontuario no es el más limpio, a pesar de su voz cantadita y su sobrero panamá blanco. Los computadores del finado hablan mucho, quizás demasiado.
En la otra esquina, cargados de palabras y palabrotas, haciéndose los ofendidos, la tríada inventa justificaciones. Reclaman que Ingrid casi estaba arriba del helicóptero para regresar a casa. Que sus citas con la guerrilla eran de buena fe. Que ellos, los bolivarianos, sólo piensan en la unión, mientras empoderan a sus pueblos con armas y palabras ardientes.
Mientras cae en la selva otro guerrillero, la Cumbre de Río se ha transformado en el ring para el segundo asalto. ¿Dónde será el tercero?
Escribo estas líneas durante mi hora de almuerzo. Mi estómago reclama porque me demoro más de lo habitual en abrir el refrogerador, aliñar mi ensalada y sentarme a comer mis lechugas acompañadas de un pedazo de vaca muerta y cocida.Comer entraña al cuerpo de manera irrevocable”, dice Sonia Montecinos, quien nos recuerda que echarnos algo a la boca requiere no sólo de hambre, si no de un rico universo hecho de símbolos y aprendizajes.Comer separa lo “nuestro” y lo de los “otros”, lo que somos -y lo que queremos ser- de lo que nos distanciamos, el fuego dominador de la naturaleza salvaje, el mantel largo de la comida con los dedos, lo animal de lo humano.
La tarde está sofocante en el puerto. Y silenciosa. Parece que el humo que no nos está dejando ver los cerros se hubiese llevado también los sonidos.Los colores han cambiado, incluso el intenso aroma a pescadería de barrio que cada marea alta embota nuestros sentidos, parece haber huido con el calor de los incendios que desde ayer -y nuevamente esta mañana- amenazan a los cerros y las casitas de madera y planchas metálicas oxidadas.Arde la Plaza Aduana, arde Curauma, horrible ciudad ficticia rodeada de árboles que arden. Arden los hoteles de mala muerte en los barrios de mala muerte.
Llueven, oscuras cenizas como lágrimas oscuras de árboles que se iluminan -casi bíblicos- para morir de pie, como un ejército que desde la periferia vigila al puerto cubierto de un manto onírico.Arde el aire, arde la piel. Hace calor en el puerto. Es hora de ir a almorzar.

